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John Watkins Chapman, The Old Curiosity Shop (siglo XIX) |
«El obrero se convierte en una mercancía tanto más barata
cuantas más mercancías crea. A medida que se valoriza el mundo de las cosas se
desvaloriza, en razón directa, el mundo de los hombres. El trabajo no produce
solamente mercancías; se produce también a sí mismo y produce al obrero como
una mercancía». (Karl Marx)
***
Una pequeña fracción de esto que llamamos humanidad (aunque
de humanidad parece que tiene más bien poca) vive en una grandísima tienda. Los
mercadícolas en ella nacen y en ella
mueren, casi siempre, sin haberse percatado de que su existencia ha
transcurrido en un inmenso escaparate, de que compraron la felicidad de oferta, comieron
marcas y amaron logotipos. Llegado un punto dejaron de preguntarse por el valor de las cosas; ¿para qué?, si ya sabían el precio. Se sentían libres porque podían elegir entre
un producto y el mismo, repetido ad infinitum, eso sí, con distinta etiqueta.
En este gigantesco hipermercado nunca falta de nada, y es posible encontrar de todo, por muy lejos que haya de buscarse. Es difícil saber de dónde vienen las mercancías, quién las fabricó, o cómo llegaron allí. Lo que sí se sabe es que su vida es efímera. Por eso, aunque el día a día del mercadícola gira en torno a ellas, no se apega a ninguna en particular por más tiempo del que dicta su dios, el Consumo. Sabe que más pronto que tarde dejarán de serle útiles, y entonces sólo tendrá que extender la mano, y podrá alcanzar un nuevo sueño material, conseguir más cosas, nuevas cosas, que podrá –y esto es importante– poseer a título individual, lo que significa, simple y llanamente, que no estará obligado a compartirlas. Todo a cambio de un precio simbólico, exclusivo para miembros con derecho a compra.
No sabe, sin embargo, el mercadícola –porque si llegara a intuirlo su mundo se desmoronaría– que, tristemente, no es él quien posee cosas sino que son las cosas las que han acabado por poseerlo a él.
En este gigantesco hipermercado nunca falta de nada, y es posible encontrar de todo, por muy lejos que haya de buscarse. Es difícil saber de dónde vienen las mercancías, quién las fabricó, o cómo llegaron allí. Lo que sí se sabe es que su vida es efímera. Por eso, aunque el día a día del mercadícola gira en torno a ellas, no se apega a ninguna en particular por más tiempo del que dicta su dios, el Consumo. Sabe que más pronto que tarde dejarán de serle útiles, y entonces sólo tendrá que extender la mano, y podrá alcanzar un nuevo sueño material, conseguir más cosas, nuevas cosas, que podrá –y esto es importante– poseer a título individual, lo que significa, simple y llanamente, que no estará obligado a compartirlas. Todo a cambio de un precio simbólico, exclusivo para miembros con derecho a compra.
No sabe, sin embargo, el mercadícola –porque si llegara a intuirlo su mundo se desmoronaría– que, tristemente, no es él quien posee cosas sino que son las cosas las que han acabado por poseerlo a él.