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Edward Hopper, Sol de la mañana (1952) |
«No fue ninguna sorpresa descubrir que el bienestar que proporciona el contacto físico constituye una variable fundamental a nivel afectivo, pero lo que no esperábamos era que eclipsara por completo la variable de la lactancia. De hecho, la disparidad entre ambas es tan grande como para hacernos pensar que la función primaria de la lactancia como variable afectiva es la de asegurar un contacto corporal frecuente e íntimo entre la cría y la madre. Es evidente que no sólo de leche vive el hombre».
Harry F. Harlow, La naturaleza del amor (1958)
Madrid, mes de agosto.
Exposición de Hopper en el Museo Thyssen. Figuras aisladas que no se tocan.
Rostros rígidos, de mirada clavada en el infinito. Luz gélida. Silencio.
Soledad.
***
Centro comercial. Una mujer
obesa de mediana edad empuja un carrito de bebé. Se sienta en frente de mí, el
carrito delante. Con ella van también una niña y un niño. Del bolso saca un
bote de papilla y una cuchara de metal. Abre el bote de vidrio y con gesto
mecánico le da una cucharada tras otra a la criatura que sigue metida en el carrito. Las pausas entre una
cucharada y la siguiente son mínimas, cronometradas, siempre iguales. Ella no
habla. No acaricia. No sonríe. Sólo alimenta: como las mamás de alambre en los experimentos
de Harlow. Pero la comida no sustituye al amor. Los otros dos pequeños se acercan, jugando. La mamá-máquina gira
la cabeza y con rostro inexpresivo les reprende: «¡No toquéis eso!».
El bote ya está vacío. Mamá
guarda la cuchara, el bote de vidrio. Gira el carrito y lo coloca de lado. El
bebé mira hacia mí.
***
Rambla de Santa Cruz,
Tenerife, una tarde a finales del verano. Un hombre, probablemente padre,
empuja un carrito
de bebé. Camina deprisa, mirando hacia adelante. En el carrito va un bebé
no muy pequeño. Quieto, callado. Con mirada perdida. Sin dejar de caminar, el hombre saca unos auriculares del
bolsillo y se los coloca en los oídos. Sigue caminando, deprisa, deprisa.
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