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Tlazoltéotl, diosa azteca de la tierra, el sexo y el nacimiento, representada aquí en la postura habitual entre las mujeres aztecas para dar a luz. |
«Porque, recuerde, mi querida señorita –agregó,
sonriendo obscenamente a Lenina y hablando en un murmullo indecente–, recuerde
que en la Reserva los niños todavía nacen; sí, tal como se lo digo, nacen, por
nauseabundo que pueda parecernos...».
Aldous Huxley, Un Mundo Feliz
Antes, mucho antes de ser madre, sabía que si alguna vez
daba a luz querría que fuera de la forma menos intervenida posible, en la
intimidad y la protección de un ambiente conocido; sin anestesia, sintiendo cómo
mi cuerpo se transformaba –con dolor, sí– para ayudar a nacer a una criatura
desde el mayor respeto y cariño.
Suena romántico, lo sé. Pero es que justamente de eso se
trata: la hormona que nos inunda cuando nos enamoramos es la misma que provoca
las contracciones del parto, y se llama oxitocina.
Si el lugar y el ambiente en el que una mujer da a luz no le proporcionan la
privacidad y tranquilidad necesarias (si no es un entorno precisamente
romántico, vamos, como ocurre en los hospitales) lo más probable es que la
oxitocina se descuelgue de la fiesta y el parto acabe siendo demasiado largo o
complicado. Esto podría explicar, en parte, el injustificado
número de cesáreas que se da hoy en día.
Está claro que una cesárea puede salvar la vida de la madre
y del bebé. Pero la ligereza con que se practica en la actualidad me hace
preguntarme si no habrá llegado a convertirse en moda y en fiel reflejo de esta
sociedad nuestra, atenazada por el miedo, presa de supuestas comodidades y tan
acostumbrada a esquivar la responsabilidad.
Tienen miedo las madres, al dolor, sobre todo al dolor. No
es extraño, pues la mayoría de los occidentales vivimos en un estado de
narcosis permanente, en un feliz letargo inducido por la tele, las drogas (no
en vano los medicamentos
más vendidos son los antidepresivos y analgésicos) y el fútbol, entre otros
circos. Pero el dolor del parto es solo eso, dolor; no es síntoma de que algo
vaya mal, es transitorio, y sobre todo tiene una recompensa que vale más que el
oro de cualquier plusmarquista olímpico. Superar esta sensación física podría
verse más como un reto que como algo insoportable, y sin embargo el miedo que
provoca lleva a algunas mujeres –a veces gustosamente, a veces a regañadientes–
a ceder su protagonismo en un acto fisiológico, natural, para el que el cuerpo
femenino está perfectamente preparado en la gran mayoría de los casos. Es en la
cesárea donde esta pérdida de control se pone de manifiesto más
descarnadamente.
Igual que el precio monetario no refleja el valor real de
muchas de las cosas que compramos (y que casi seguro no podríamos comprar si no
las fabricaran trabajadores que cobran sueldos de miseria en alguna parte del
mundo de la que apenas oímos hablar), ciertas «comodidades» que damos por
sentadas tienen también un precio oculto que alguien antes o después tendrá que
pagar. Una cesárea no
sale gratis ni aunque nos la cubra la Seguridad Social, y desgraciadamente
la factura no la paga solo la madre.
Pienso también que nuestra obsesión por la inmediatez y la
pasividad que nos inculca este modo de vida prefabricado están muy relacionados
con la ideología –a veces inconsciente– que subyace a tanta cesárea innecesaria.
He oído decir a más de una mujer que de quedarse embarazada lo que le gustaría
es que la durmieran y le sacasen al bebé. Pero en la vida –afortunadamente para
quienes quieren aprender de ella– no suele funcionar darle al botón de OFF
cuando algo nos da repelús. El parto natural requiere paciencia, calma, un
estado de ánimo opuesto al ritmo adrenalínico que vivimos día a día. En lo que
al nacimiento de un bebé se refiere, cuando menos, el
amor es incompatible con el miedo.
Es lícito sentir miedo, querer evitar el dolor. Pero, en el
parto como en tantas otras esferas de nuestras vidas, por favor no dejemos
nunca que el miedo se convierta en náusea.
Para Jara, como todo lo demás.