Bienvenida
Un lugar para descubrir «las dedicatorias en las guardas y las anotaciones en los márgenes [...], el sentimiento de camaradería que suscita pasar las mismas páginas que alguien ya ha pasado, y leer los pasajes que alguien, hace mucho tiempo, me ha señalado» (Helen Hanff, 84 Charing Cross Road).
sábado, 19 de julio de 2014
Mudar de piel
Hay viajes que te ponen la vida del revés. Viajes que no se miden en kilómetros, sino en milímetros, centímetros a lo más, de piel mudada, de piel que cae y se renueva, despacito pero sin pausa. La maternidad para mí ha sido uno de esos viajes, lo está siendo, y me sigue llevando por sendas que no existían ni en mi imaginación. No puedo de momento seguir aquí, en este espacio creativo que me ha permitido escribir al margen de todo. Pero estaré, más presente que nunca, en este otro en el que te invito a acompañarme, Esto no es una escuela... un viaje en bici que cambiará, espero, tu forma de ver la educación.
Gracias por leerme, y hasta pronto.
viernes, 12 de julio de 2013
Vidas anestesiadas
Anestesia, del griego ἀναισθησία, "insensibilidad".
| Bosque de pinos (Ivan Shishkin, 1885) |
La ciudad nos contempla, mientras caminamos sordos, ciegos, por calles que derraman sopor. Embotados en nuestra seguridad perpetua, a salvo de todo menos del "stranger danger", del peligro del otro; a salvo incluso de nosotros mismos, amordazados por la tele y la compradicción.
En la naturaleza, en cambio, cualquier sonido, cualquier movimiento nos alerta, nos despierta, aturdidos, del murmullo interior. Todo es vida y, potencialmente, muerte. Por eso de noche, rodeados de pinos y piedras, los pensamientos no asustan. A cada instante nuestra vida pugna por serlo, por seguir sintiéndose vida. El crujir de las ramas y el roce del viento ahuyentan los miedos falsos, solo dejan paso al miedo verdadero, el miedo a la muerte, que cuando llega –sigiloso, insinuándose tenuemente– nos hace de nuevo conscientes del valor de estar, de verdad, vivos.
domingo, 18 de noviembre de 2012
Cosas
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| John Watkins Chapman, The Old Curiosity Shop (siglo XIX) |
«El obrero se convierte en una mercancía tanto más barata
cuantas más mercancías crea. A medida que se valoriza el mundo de las cosas se
desvaloriza, en razón directa, el mundo de los hombres. El trabajo no produce
solamente mercancías; se produce también a sí mismo y produce al obrero como
una mercancía». (Karl Marx)
***
Una pequeña fracción de esto que llamamos humanidad (aunque
de humanidad parece que tiene más bien poca) vive en una grandísima tienda. Los
mercadícolas en ella nacen y en ella
mueren, casi siempre, sin haberse percatado de que su existencia ha
transcurrido en un inmenso escaparate, de que compraron la felicidad de oferta, comieron
marcas y amaron logotipos. Llegado un punto dejaron de preguntarse por el valor de las cosas; ¿para qué?, si ya sabían el precio. Se sentían libres porque podían elegir entre
un producto y el mismo, repetido ad infinitum, eso sí, con distinta etiqueta.
En este gigantesco hipermercado nunca falta de nada, y es posible encontrar de todo, por muy lejos que haya de buscarse. Es difícil saber de dónde vienen las mercancías, quién las fabricó, o cómo llegaron allí. Lo que sí se sabe es que su vida es efímera. Por eso, aunque el día a día del mercadícola gira en torno a ellas, no se apega a ninguna en particular por más tiempo del que dicta su dios, el Consumo. Sabe que más pronto que tarde dejarán de serle útiles, y entonces sólo tendrá que extender la mano, y podrá alcanzar un nuevo sueño material, conseguir más cosas, nuevas cosas, que podrá –y esto es importante– poseer a título individual, lo que significa, simple y llanamente, que no estará obligado a compartirlas. Todo a cambio de un precio simbólico, exclusivo para miembros con derecho a compra.
No sabe, sin embargo, el mercadícola –porque si llegara a intuirlo su mundo se desmoronaría– que, tristemente, no es él quien posee cosas sino que son las cosas las que han acabado por poseerlo a él.
En este gigantesco hipermercado nunca falta de nada, y es posible encontrar de todo, por muy lejos que haya de buscarse. Es difícil saber de dónde vienen las mercancías, quién las fabricó, o cómo llegaron allí. Lo que sí se sabe es que su vida es efímera. Por eso, aunque el día a día del mercadícola gira en torno a ellas, no se apega a ninguna en particular por más tiempo del que dicta su dios, el Consumo. Sabe que más pronto que tarde dejarán de serle útiles, y entonces sólo tendrá que extender la mano, y podrá alcanzar un nuevo sueño material, conseguir más cosas, nuevas cosas, que podrá –y esto es importante– poseer a título individual, lo que significa, simple y llanamente, que no estará obligado a compartirlas. Todo a cambio de un precio simbólico, exclusivo para miembros con derecho a compra.
No sabe, sin embargo, el mercadícola –porque si llegara a intuirlo su mundo se desmoronaría– que, tristemente, no es él quien posee cosas sino que son las cosas las que han acabado por poseerlo a él.
domingo, 28 de octubre de 2012
La caricia negada
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| Detalle de Las tres edades de la mujer (Gustav Klimt, 1905) |
«La vida en el mundo
occidental se ha vuelto tan impersonal que hemos producido una raza de
intocables. Nos hemos convertido en extraños que no sólo evitan el contacto
físico sino que incluso lo rechazan cuando se considera una manifestación
«innecesaria»; somos figuras sin rostro en medio de un paisaje abarrotado,
seres solitarios a los que les asusta la intimidad».
Ashley Montagu (El
tacto: la importancia de la piel en las relaciones humanas, 1971)
Eran necesarios treinta
bebés. Recién nacidos, separados de sus madres inmediatamente después del
parto. Sus cuidadoras no debían bajo ningún concepto hablarles, jugar con ellos
o dirigirles gestos de cariño, sólo limitarse a darles de comer y limpiarlos
cuando fuera necesario. Así era cómo Federico II (1195-1250) pretendía
averiguar qué idioma hablarían los bebés de manera espontánea. Pero su
investigación llegó a un final abrupto antes de poder comprobarlo; todos los
niños murieron sin siquiera haber podido empezar a hablar.
Casi siete siglos después,
durante el periodo de entreguerras, miles de bebés y niños fueron recluidos en
orfanatos en Europa y Estados Unidos. Era habitual que todos los menores de dos años murieran. Pero se observó que no eran los
pequeños que estaban en las instituciones más higiénicas y que les
proporcionaban mejor alimentación los que lograban sobrevivir. A pesar de
encontrarse en lugares más lúgubres, aquellos bebés que recibían algo de calor
humano –porque se les tomaba en brazos, se les acunaba, se les acariciaba y
abrazaba– eran los únicos que tenían alguna posibilidad de evitar la muerte.
De todos los sentidos con los
que nos asomamos al mundo, hay uno sólo que es imprescindible para la vida: el
tacto. Es quizás el sentido en el que menos pensamos –aunque es el que nos
aporta un contacto más estrecho con la realidad y con el que identificamos
nuestro yo– y dista mucho de ser
entendido en toda su complejidad y su importancia. Ahora que se empiezan a
estudiar los efectos
beneficiosos del contacto piel con piel entre la madre y el bebé se ha
podido demostrar que éste facilita el desarrollo adecuado del sistema nervioso
y un mejor crecimiento gracias la asimilación de más nutrientes. También
protege contra el estrés, y posiblemente ayude a conservar la memoria en la
edad adulta.
En el ser humano los instintos
quedaron en parte sometidos al dominio de la razón –que no de lo razonable–,
hace ya miles de años. Por si fuera poco, la sociedad occidental ha hecho lo
posible por mutilar aún más los impulsos naturales basándose en supuestos
valores religiosos o por adaptación a formas sociales y culturales más que
cuestionables. Ahora la ciencia –como una especie de Lazarillo de Tormes– nos
guía con recomendaciones, unas veces acertadas y otras rocambolescas, por los
derroteros a los que nuestra
cultura se empeñó en dar la espalda. Estamos en el camino de redescubrir
nuestra propia naturaleza como seres humanos, y paradójicamente la encontramos
en ese origen del que tanto nos hemos empeñado en renegar: nuestra animalidad.
El contacto físico –una
caricia, un abrazo, un beso–, tan reprimido por la educación y los tabúes
sexuales, es literalmente vital. Un bebé no puede sobrevivir sin él, pero los
adultos lo consiguen malamente. Un
simple abrazo eleva los niveles de oxitocina, la hormona del amor, de serotonina –un neurotransmisor que influye en la reducción de la ira y la
depresión– y de dopamina –una hormona y neurotransmisor implicado en la motivación
y el aprendizaje–, y nos hace sentir bien de inmediato, además de ayudarnos a
prevenir la enfermedad coronaria, reducir el estrés y los síntomas de
Alzheimer. Para muestra, este vídeo de
Abrazos Gratis. Ojalá cunda el ejemplo.
viernes, 12 de octubre de 2012
Historias de la Mitad del Mundo (VII): El trago
No hay fiesta sin trago, oí decir. Pero
es ya de día, y la fiesta pasó.
En este lugar inundado de
silencio y abandonado a su suerte, el recuerdo de la música no puede ser más que
una alucinación, un espejismo imposible. La mirada recorre ahora calles vacías
donde sólo quedan los testigos enmudecidos, inermes, de una noche que ha huido
perseguida por el día: cuerpos de hombres, siempre hombres, tirados sobre la
acera. Muñecos desvencijados, seres yertos que recuerdan a la muerte, como si se resistieran a
despertar, a desprenderse del ebrio sueño en que, igual que Ícaro, creyeron volar.
Detalle de El vino de la fiesta de San Martín, de Pieter Brueghel el Viejo (1566-67)
viernes, 28 de septiembre de 2012
El aprendizaje de la incomunicación
Edward Hopper, Sol de la mañana (1952) |
«No fue ninguna sorpresa descubrir que el bienestar que proporciona el contacto físico constituye una variable fundamental a nivel afectivo, pero lo que no esperábamos era que eclipsara por completo la variable de la lactancia. De hecho, la disparidad entre ambas es tan grande como para hacernos pensar que la función primaria de la lactancia como variable afectiva es la de asegurar un contacto corporal frecuente e íntimo entre la cría y la madre. Es evidente que no sólo de leche vive el hombre».
Harry F. Harlow, La naturaleza del amor (1958)
Madrid, mes de agosto.
Exposición de Hopper en el Museo Thyssen. Figuras aisladas que no se tocan.
Rostros rígidos, de mirada clavada en el infinito. Luz gélida. Silencio.
Soledad.
***
Centro comercial. Una mujer
obesa de mediana edad empuja un carrito de bebé. Se sienta en frente de mí, el
carrito delante. Con ella van también una niña y un niño. Del bolso saca un
bote de papilla y una cuchara de metal. Abre el bote de vidrio y con gesto
mecánico le da una cucharada tras otra a la criatura que sigue metida en el carrito. Las pausas entre una
cucharada y la siguiente son mínimas, cronometradas, siempre iguales. Ella no
habla. No acaricia. No sonríe. Sólo alimenta: como las mamás de alambre en los experimentos
de Harlow. Pero la comida no sustituye al amor. Los otros dos pequeños se acercan, jugando. La mamá-máquina gira
la cabeza y con rostro inexpresivo les reprende: «¡No toquéis eso!».
El bote ya está vacío. Mamá
guarda la cuchara, el bote de vidrio. Gira el carrito y lo coloca de lado. El
bebé mira hacia mí.
***
Rambla de Santa Cruz,
Tenerife, una tarde a finales del verano. Un hombre, probablemente padre,
empuja un carrito
de bebé. Camina deprisa, mirando hacia adelante. En el carrito va un bebé
no muy pequeño. Quieto, callado. Con mirada perdida. Sin dejar de caminar, el hombre saca unos auriculares del
bolsillo y se los coloca en los oídos. Sigue caminando, deprisa, deprisa.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Historias de la Mitad del Mundo (VI): la retornada
Cruzando fronteras
Paula Nicho Cumez (2007)
Llega de España. Por un mes
regresa a su pueblito en la cordillera, a su casa, a su familia. La esperan
todos. Muchacha se fue, flaca, sin experiencia de la vida. Allá en España se
gana buena plata, le dijeron. Vuelve atildada, ampulosa, bien peinada. Señora.
Caminando por el pueblo la
acompaña su séquito. Va vestida de traje claro, resplandeciente estrella blanca
en medio de un cielo de lana ocre. Poco importa que lo que gane en España le dé
apenas para vivir, que allí lleve grabada en la frente su condición de
inmigrante: sinpapeles, sinderechos. Aquí, en su tierra, es una retornada.
Existe entre emigrantes un
código de conducta. Un código tácito, del que nadie habla pero todos saben, su
tabla de salvación cuando se sienten arrastrados a la deriva. El emigrante
nunca puede, nunca debe, confesar su fracaso, nunca admitir que las cosas no le
van bien, nunca desear regresar si es con las manos vacías. Porque si lo
hiciera, estaría condenando a la zozobra no sólo a sus propios sueños sino
también a los de esos otros que no llegaron a emprender el viaje, a las
ilusiones de quienes como él ansían un porvenir diferente, de quienes fantasean
con una prosperidad que sólo si marchan dejará de estarles vedada.
Así la retornada cumplirá el
ritual esperado, la celebración del regreso victorioso. En su gran fiesta dará
de comer a todos, habrá alimento para el cuerpo y alas nuevas para el alma.
Será quien todos imaginan que es, aunque sea sólo por hoy, sin importar lo que
cueste.
sábado, 1 de septiembre de 2012
La mala leche
Nereida rociando leche.
Fuente de Neptuno, Bolonia (Juan de Bolonia, 1565)
Dicen que hay mujeres que, aun queriendo, no pueden dar el
pecho; mujeres que tienen poca leche, o leche que no es de buena calidad. Con esta sentencia lapidaria hay quien pretende explicar muchos de los males de un recién nacido: si llora, si no crece, si le da diarrea, si tiene cólicos por las noches o cualquier otro síntoma atribuible –con acierto o no– a la alimentación. Aunque suene a maldición gitana, la socorrida frase la oiréis en boca de personas bienintencionadas que, igual que antaño hubieran aconsejado
algún remedio contra el mal de ojo, hoy os recomendarán darle al bebé un
biberoncito de leche artificial. Y santo remedio.
Como tantos otros aspectos relacionados con el sexo –y dar
el pecho es una expresión más de la sexualidad femenina–, la lactancia ha
sufrido los embates brutales del puritanismo religioso y de los buenos
modales, que la han convertido en objeto de
vergüenza (solo hay que ver la polémica
que suscita el hecho de amamantar en público), y en el caldo de cultivo
idóneo para falsedades y mitos que no hacen más que arruinar la belleza de un acto que
es símbolo de ternura. Si amamantar a nuestros bebés ha dejado de ser fácil es
precisamente porque lo relegamos a la esfera de lo privado, porque lo
condenamos a un horario, porque a las futuras mamás se nos llena la cabeza de
frases terroríficas al estilo de «lo raro es tener leche», y porque, al haber
eliminado toda posibilidad de un aprendizaje basado en la observación y la
intuición, hemos quedado a merced de un conocimiento teórico que
lamentablemente la ciencia ha tardado en alcanzar. La Asociación Española de Pediatría, en su Manual de Lactancia Materna lo explica a la perfección: «Los profesionales de la salud, aferrados a una tradición científica ávida de mediciones y controles, aceptaron sin cuestionamientos la precisión de la alimentación con sucedáneos, adoptando para la lactancia materna la misma rigidez en las recomendaciones, con un efecto devastador sobre la lactancia natural».
El mito de la mala leche sigue siendo un vía crucis para muchas madres en el mundo occidental, a pesar de
que carece completamente de base científica: prácticamente
todas las madres tienen leche, buena leche, siempre y cuando se respete el
proceso natural de la lactancia. No es casual que esta patraña se difundiera tanto en una época –los años sesenta y setenta– en que los fabricantes de leche artificial se afanaban por abrir mercados y por dar a entender que su producto era tan bueno o incluso mejor que la leche materna.
Pero sí hay, en cambio, una mala leche que no pertenece al mundo de la superstición o la fantasía, y que tiene efectos palpables –y perversos– en la vida de los recién nacidos. Es la de las marcas de leche artificial que la han popularizado en países del tercer mundo mediante campañas agresivas, perjudicando gravemente la salud –por usar un eufemismo– de
incontables niñas y niños. La misma mala leche de quienes se lucran haciendo
análisis personalizados de la composición
de leche materna, sembrando así dudas en algunas madres a las que luego les
venden suplementos inútiles. La del personal sanitario que –incluso en contra
de los deseos de la madre– da fórmula a bebés recién nacidos en los
hospitales, entorpeciendo la buena marcha de la lactancia y ocasionando
riesgos innecesarios a la salud del bebé. La de quienes regalan
muestras de fórmula y biberones a las madres a su salida del hospital,
incentivando su uso aunque es sabido que son un obstáculo para la lactancia
natural y que el Código Internacional para la Comercialización de Sucedáneos de la Leche Materna lo prohibe expresamente. Es también la mala leche de nuestros gobernantes, que consideran
suficiente una baja por maternidad de dieciséis semanas cuando la Organización
Mundial de la Salud afirma que son fundamentales seis meses de lactancia
exclusiva. Y tanto o más, la de los gobiernos
y agencias de ayuda humanitaria que envían indiscriminadamente leche artificial
a zonas en emergencia, poniendo en peligro la salud y las vidas de los bebés
al abandonarse la lactancia materna, que es siempre la
alimentación más saludable, higiénica, sencilla, barata, segura y gratificante
que una madre puede dar a su bebé.
miércoles, 8 de agosto de 2012
Historias de la Mitad del Mundo (V): Escena costumbrista
Diego Rivera, La molendera (1924)
A la mesa se sientan Francisco
y Anita, indígenas quichua. Francisco y Anita comen, conversan en su lengua
indígena; hablan de sus hijos, de las andanzas de algún vecino, de la siembra.
Hace ya algunos años que Francisco volvió de España. Tantos como él partieron y
quizás no vuelvan, aunque la plata no compense cada día arrancado a la
melancolía, no alivie la soledad de un pobre indio que de noche recorre un país
desconocido para vender sus artesanías de ciudad en ciudad.
En un rincón de la
habitación, que hace las veces de cocina, comedor y sala de estar, un televisor
murmulla. Nadie atiende. Por un instante Francisco y Anita callan, y de
repente, en medio del silencio inesperado, una voz femenina irrumpe sin pudor: «Estar suave es una de las
mayores preocupaciones de una mujer» dice, desde el otro lado de la pantalla,
en español.
martes, 24 de julio de 2012
El precio de una cesárea
![]() |
| Tlazoltéotl, diosa azteca de la tierra, el sexo y el nacimiento, representada aquí en la postura habitual entre las mujeres aztecas para dar a luz. |
«Porque, recuerde, mi querida señorita –agregó,
sonriendo obscenamente a Lenina y hablando en un murmullo indecente–, recuerde
que en la Reserva los niños todavía nacen; sí, tal como se lo digo, nacen, por
nauseabundo que pueda parecernos...».
Aldous Huxley, Un Mundo Feliz
Antes, mucho antes de ser madre, sabía que si alguna vez
daba a luz querría que fuera de la forma menos intervenida posible, en la
intimidad y la protección de un ambiente conocido; sin anestesia, sintiendo cómo
mi cuerpo se transformaba –con dolor, sí– para ayudar a nacer a una criatura
desde el mayor respeto y cariño.
Suena romántico, lo sé. Pero es que justamente de eso se
trata: la hormona que nos inunda cuando nos enamoramos es la misma que provoca
las contracciones del parto, y se llama oxitocina.
Si el lugar y el ambiente en el que una mujer da a luz no le proporcionan la
privacidad y tranquilidad necesarias (si no es un entorno precisamente
romántico, vamos, como ocurre en los hospitales) lo más probable es que la
oxitocina se descuelgue de la fiesta y el parto acabe siendo demasiado largo o
complicado. Esto podría explicar, en parte, el injustificado
número de cesáreas que se da hoy en día.
Está claro que una cesárea puede salvar la vida de la madre
y del bebé. Pero la ligereza con que se practica en la actualidad me hace
preguntarme si no habrá llegado a convertirse en moda y en fiel reflejo de esta
sociedad nuestra, atenazada por el miedo, presa de supuestas comodidades y tan
acostumbrada a esquivar la responsabilidad.
Tienen miedo las madres, al dolor, sobre todo al dolor. No
es extraño, pues la mayoría de los occidentales vivimos en un estado de
narcosis permanente, en un feliz letargo inducido por la tele, las drogas (no
en vano los medicamentos
más vendidos son los antidepresivos y analgésicos) y el fútbol, entre otros
circos. Pero el dolor del parto es solo eso, dolor; no es síntoma de que algo
vaya mal, es transitorio, y sobre todo tiene una recompensa que vale más que el
oro de cualquier plusmarquista olímpico. Superar esta sensación física podría
verse más como un reto que como algo insoportable, y sin embargo el miedo que
provoca lleva a algunas mujeres –a veces gustosamente, a veces a regañadientes–
a ceder su protagonismo en un acto fisiológico, natural, para el que el cuerpo
femenino está perfectamente preparado en la gran mayoría de los casos. Es en la
cesárea donde esta pérdida de control se pone de manifiesto más
descarnadamente.
Igual que el precio monetario no refleja el valor real de
muchas de las cosas que compramos (y que casi seguro no podríamos comprar si no
las fabricaran trabajadores que cobran sueldos de miseria en alguna parte del
mundo de la que apenas oímos hablar), ciertas «comodidades» que damos por
sentadas tienen también un precio oculto que alguien antes o después tendrá que
pagar. Una cesárea no
sale gratis ni aunque nos la cubra la Seguridad Social, y desgraciadamente
la factura no la paga solo la madre.
Pienso también que nuestra obsesión por la inmediatez y la
pasividad que nos inculca este modo de vida prefabricado están muy relacionados
con la ideología –a veces inconsciente– que subyace a tanta cesárea innecesaria.
He oído decir a más de una mujer que de quedarse embarazada lo que le gustaría
es que la durmieran y le sacasen al bebé. Pero en la vida –afortunadamente para
quienes quieren aprender de ella– no suele funcionar darle al botón de OFF
cuando algo nos da repelús. El parto natural requiere paciencia, calma, un
estado de ánimo opuesto al ritmo adrenalínico que vivimos día a día. En lo que
al nacimiento de un bebé se refiere, cuando menos, el
amor es incompatible con el miedo.
Es lícito sentir miedo, querer evitar el dolor. Pero, en el
parto como en tantas otras esferas de nuestras vidas, por favor no dejemos
nunca que el miedo se convierta en náusea.
Para Jara, como todo lo demás.
viernes, 13 de julio de 2012
Historias de la Mitad del Mundo (IV): María y José
Maternidad
Oswaldo Guayasamín (1919-1999)
María, la esposa de José, es
alta, delgada y erguida como una espiga. Camina con la elegancia de una llama
por caminos de tierra y pedernal, con zapatitos de tacón. Puede que tenga
veinticinco años, no más. Como todas las mujeres de este páramo andino, tiene
la piel tostada al punto de arder, viste medias hasta la rodilla y una falda de
raso sobre la que cae una mantilla bordada de flores multicolores, hoy que nos
acompaña al mercado de Zumbahua envuelta en sus mejores galas.
María, como otras mujeres del
Altiplano, carga con todo a sus espaldas: niños, enseres, alimentos... Apenas
habla español, pero su mirada es viva, inteligente, y su presencia se posa,
delicada, incluso en este paisaje sin sombra.
Cuando José se despide de
nosotros lo hace con una humildad que revienta de dignidad; es humilde pese a
ser capaz de hablar al menos dos idiomas, seguir sus estudios mientras trabaja,
tejer, pintar y componer música. Y posee la dignidad de quien aún puede
imaginar una vida mejor: «Sueño con viajar», nos dice, «no para trabajar, sino
para conocer».
sábado, 11 de junio de 2011
Historias de la Mitad del Mundo III: Mamá Matico
Mujer navajo tejiendo
E.S. Curtis (1868-1952)
Matilde, “Matico”. Madre que dejó de ser esposa, por voluntad. Indígena que no quiso dejar de serlo. Enfermera, empresaria. Mujer que se ha labrado un destino tan marcado como los rasgos que le han tallado el semblante. En su jardín frondoso siembra las palabras del entendimiento, y cuando mira, retumba su coraje.
Quizás fuera que ella nunca sintió eso que otros querían que sintiera: la vergüenza de ser indígena en un mundo de mestizos; la humillación de querer el divorcio en una sociedad de tradiciones pétreas; el miedo a hacer camino allí donde sólo hay cancelas.
Custodia de saberes, guardiana de la memoria. Abre su casa con la infinidad de colores con que las mujeres indígenas tejen los vestidos, con las sencillas historias que son la urdimbre de su vida. Matilde, “Matico”, nos enseña el telar. Nos enseña a vivir.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Historias de la Mitad del Mundo II: Las brujas de Intag
Maruja Mallo, La mujer de la cabra (1927)
“También en el Nuevo Mundo, la caza de brujas constituyó una estrategia deliberada, utilizada por las autoridades con el objetivo de infundir terror, destruir la resistencia colectiva, silenciar a comunidades enteras y enfrentar a sus miembros entre sí.”
Silvia Federici, Calibán y la bruja
Las mujeres, en círculo alrededor del caldero, clavan la mirada en él como para asomarse a su propio destino. Algunas son jóvenes, a otras las hebras de la vida les cosen ya el rostro. En cuclillas unas, de pie otras, van y vienen, se afanan por verter en la marmita un poco más de esto o de aquello, por comprobar una medida, por remover el líquido correoso que bulle. La imaginación de ellas bulle también.
Ha anochecido, y el cansancio está a punto de vencerlas: saben que les queda poco tiempo. Tienen que encontrar la fórmula, o perderán los días sin noches, la dedicación, la confianza. Una oportunidad de dejar de sobrevivir y recuperar la dignidad. Y también, claro, el dinero: un crédito de setecientos dólares que han de devolver. Pero ahora no se detienen en eso, tienen los pensamientos enredados en la maraña de ingredientes de un jabón que desde hace meses tratan de elaborar. Hasta hoy su trabajo incansable ha sido en vano: las ollas se han quemado, o el jabón ha salido demasiado líquido, o la mezcla de elementos no ha dado el resultado esperado. El crédito, con el que han podido montar un pequeño laboratorio donde estrenarse como aprendices de alquimia, va mermando. Las fuerzas de ellas empiezan a mermar también.
El círculo está incompleto. El miedo y la angustia cobraron su peaje, y son sólo seis las mujeres que han seguido adelante: Carmen, Germania, Gladis, Leonila, Silvia y Evelyn. Madres, hermanas, esposas, hijas. Todas nacidas y crecidas en El Rosal, un puñado de casas blancas que puntean las tupidas laderas del Valle de Intag. No hace mucho eran amas de casa, y no pretendían ser nada más. Hay voces en el pueblo que las acusan ahora de haber desatendido a sus familias, de creerse mejor que los hombres, de estar buscando...No saben que eso que ellas buscan no hay varón que se lo pueda dar.
Desde hace décadas, los jóvenes, casi niños, de la pequeña comunidad de El Rosal dejan el valle para buscar trabajo en la ciudad. Dolarizada la economía del país en el año 2000, y con el cierre de fronteras y la violenta militarización que acarrea el Plan Colombia, a los campesinos no les quedan alternativas de vida en el campo. En la ciudad un sueldo, aunque sea de miseria, es un sueldo. Así, día tras día, la juventud se marcha y llegan las multinacionales. A menos de 100 metros de la comunidad, la tierra no esconde sus heridas abiertas: cortes profundos advierten de la presencia de compañías mineras como Cecal y EcuaRecursos. Aunque desde hace más de quince años las gentes de Intag unidas han conseguido, a sangre y fuego, parar los pies a la minería, la amenaza permanece, espera agazapada a que los lugareños bajen la guardia. Si las concesiones de extracción prosperan, ellos tendrán que marcharse.
Las mujeres, que son sólo seis mujeres campesinas, no pretendían ser nada más. Son gente del campo, humildes y conscientes del lugar que no ocupan, de la importancia que no tienen. Día tras día se han acostumbrado a ver y callar el escamoteo de sus derechos, y para sus adentros, con la cabeza gacha, justifican los agravios de esos que con desfachatez se arrogan autoridad: hoy un político, mañana el conductor del autobús. Son mujeres, y los límites de su mundo no son, no pueden ser, los de un hombre. Pero pueden ser más amplios.
Esta historia de ellas empezó como la de un amor despechado. Érase una vez, una conocida ONG española llegó a El Rosal con promesas de impulsar el comercio de la sábila (aloe vera) que crece en la región. Ilusionados, los aldeanos se volcaron en el cultivo de la planta, de la que recibieron un cargamento en generosa muestra de buenas intenciones. Pero hete aquí que las esperanzas y promesas al fin se hundieron bajo el peso de la rentabilidad. Las mujeres, lejos de achantarse, se rebelaron contra su destino de seguir esperando el beso de otro príncipe, sumidas en un eterno sueño, mientras las hojas de aloe, como zarzas, engullían el pueblo. Así, alumbraron una idea: fabricar jabón artesanal. No tenían los conocimientos necesarios, ni la experiencia deseable, ni el equipamiento imprescindible, ni siquiera tenían un capital mínimo que invertir. Viendo su arrojo, Dennis Laporta -un francés enamorado de Ecuador- se comprometió con ellas, preñadas como estaban de este proyecto, y las animó diciendo que él les compraría el primer lote. Consiguieron el crédito, todo iba a pedir de boca. Pero no tenían la fórmula.
Ellas, las mujeres, no han dejado de trabajar para encontrarla: investigan, leen, calculan, pesan, vierten, calientan, remueven... esperan. Y vuelven a empezar. Hasta hoy su trabajo incansable ha sido en vano. Hoy, quizás, sea diferente. “Tiene que salir”, se dicen. Saldrá.
Y el primer pedido de jabón se enviará a España. El proyecto por fin comienza a andar. Así, la cooperativa de mujeres va a iniciar un proceso de autoformación que implicará a la comunidad entera. No hay marcha atrás, y el aprendizaje será a veces duro: bajo la lluvia, por caminos de tierra empantanados, les tocará a ellas y a sus hombres cargar los carros con lo primeros pedidos de jabón. También montarán sin ayuda los postes para la instalación del teléfono -imprescindible para poder gestionar las ventas-, un trabajo del que ni la empresa telefónica ni la municipalidad se harán responsables. Aprenderán a hablar cara a cara con directores de banca, a llevar cada detalle de una pequeña empresa, a organizarse con otras comunidades, a participar en reuniones y actos en defensa de lo que entienden es justo. Y a lo largo de todo el proceso seguirán siendo -aunque eso es lo que siempre se ha esperado de ellas- madres, hermanas, esposas, hijas.
Corajudas y pacientes, las mujeres de Intag han abrazado la vida con su proyecto, que crece y las hace crecer. Se han convertido en el eje de una comunidad que ha cambiado el temor por la unión, el vacío por un sueño. Ahora, mientras remueven la marmita donde bulle el jabón, miran adelante con ojos inmensos, ardientes, como si para ellas el horizonte no acabara donde termina el pueblo. Y no acaba.
Para Tania.
Para Tania.
viernes, 29 de abril de 2011
Historias de la Mitad del Mundo
Dicen los libros de texto que el ecuador es una línea imaginaria que divide el Hemisferio Norte del Hemisferio Sur. Más asombroso aún es que una línea que sólo existe en la imaginación de los eruditos pueda abrir brechas tan dolorosamente reales entre quienes han caído, por azar del destino, a un lado o al otro de ella.
Atravesado de lado a lado por este corte hay un país, Ecuador. Fue allí donde me di cuenta de que la línea ecuatorial o “mitad del mundo”, siendo como es imaginaria, podía cobrar otro sentido. Quise entenderla a partir de entonces no como una línea divisoria, sino como la línea igualadora (porque eso significa literalmente el término “ecuatorial”) que une los puntos diminutos, casi invisibles, de la diversa geografía humana. Una línea a veces quebrada y a veces, desgraciadamente, rota. Y es aquí donde quiero hacer un intento, aunque sea chiquito, de recomponerla.
viernes, 5 de noviembre de 2010
¿Por qué escribo en los márgenes?
Quizás porque aspiro a completar la historia, cualquier historia.
Porque entiendo la lectura como una conversación entre amigos, y doy por sentado mi derecho a réplica.
Porque quiero escuchar las voces condenadas, casi siempre, a susurrar entre líneas.
Porque quiero escuchar las voces condenadas, casi siempre, a susurrar entre líneas.
Porque creo que en lugar de sacar las cosas de contexto, es mejor convidarlas a todas al texto.
Porque pienso que los sentidos no deben ser estrictos, igual que las miras no han de ser estrechas ni los caminos que elijamos, los trillados.
Porque, tal vez, me aburre un horizonte de papel pautado y prefiero asomarme al abismo blanco, insondable, que se abre al borde de las letras.
Y ahora también porque creo firmemente que los márgenes pueden dejar de serlo y ocupar el lugar que merecen, en el centro de la página.
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